To the wonder (2013), Terrence Malick
No puedo esconder mi decepción. Aun así, hay que reconocer que era harto complicado que la inolvidable experiencia de El árbol de la vida (2011) no le pasase factura al siguiente ejercicio de Malick. Los que me conocen saben cómo defendí la anterior cinta de este controvertido director. Tampoco soy devoto del mismo. No penetré en La delgada linea roja (1998), y con El nuevo mundo (2005) fui de menos a más, pues no me llegó la primera vez pero sí volviendo a verla el año pasado (será que estaba yo en otra onda :-).
El otro día hablaba del frenético ritmo en rodar pelis de Soderbergh (que ahora parará precisamente). Malick es el lado opuesto. Cuatro pelis del 73 al 2005. Pero ahora se ha acelerado, y no para bien. Dos pelis en 3 años y 3 más en post-producción.
Donde quiero poner el acento es en el cambio tras El árbol de la vida (2011). Antes combinaba dentro de sus films la narrativa convencional con esa lírica visual centrada en los pensamientos y sentimientos de sus protagonistas. Pero ahora ha decidido quedarse exclusivamente con esto último. Claro, si bañas eso con un mensaje de la trascendencia y poder de El árbol de la vida (2011) y lo acompañas de imagenes desmayantes, pues es una cosa. Pero si te pasas 2 horas dándole vueltas a lo mismo con 4 personajes y con sus característicos bailes de encuadre y sintonía mística, pues es otra cosa. Mención aparte para la participación de Bardem en el papel de cura en pueblo perdido: ¿por qué lo escogió a él?
La pregunta que surge entonces es: ¿cuál era su intencion con esta última peli? Se centra en el amor, tanto el de pareja como el espiritual, vinculado a la fe. Un tema infinito, pero que con el invariable tono mencionado consigue convertir en redundante. Tampoco le ayudan algunas reflexiones, en ocasiones interesantes, pero que por momentos están cerca de ser banales.
En cuanto a su mensaje, y viniendo de quien viene, será normal que cada uno interprete a su antojo. Lo que yo respiré es que Malick plasma la dificultad que nos supone integrar nuestra individualidad en el conjunto en el que todos vivimos. Ocupar un lugar y sentirnos a gusto en él es un reto, a veces, titánico. La profesión de Ben Affleck en la peli es para mi la muestra de que vivimos rodeados de un tipo especial de contaminación, que bombardea nuestra propia determinación para hallar ese lugar. No vivimos suficientemente dentro de nosotros mismos. Somos islas que queremos formar parte de un continente. Si es así me parece maravillosa la metáfora del Mont Saint Michel.
Pero insisto en que el resultado me parece saturado. Me llama la atención la ingente cantidad de material que este hombre debió rodar para esta peli. Y ya no digamos lo que tuvo que ser montarlo. Pero Malick no monta peliculas. Sin duda, monta experiencias. Lo que ocurre es que en esta ocasión descuidó el todo por las partes.
PARA: los que nadan como pez en el agua ante films alejados de convencionalismos
ABSTENERSE: los que se ahogaron con El árbol de la vida o ni siquiera se zambulleron en ella
La vida es un guión que unos leen y otros interpretan, pero que sólo tú escribes. Está en tu mano.
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miércoles, 22 de mayo de 2013
sábado, 25 de febrero de 2012
El nuevo mundo
DVDteca:
El nuevo mundo (2005), Terrence Malick
Ignoro si la reciente obra mayúscula de Malick se empezó a fraguar o no durante éste, su anterior film, pero bien podría haber sido así. Este mágico canto a una vida en harmonía con la naturaleza recuerda en muchos momentos, especialmente durante su primer tercio, a la hipnótica El árbol de la vida. Casualidad o no, en un instante del film una mujer insiste en que debemos vivir como lo hace el árbol, que aun atacando sus raices o cortándole una rama se abre paso a la vida.
Tampoco sé porqué habrá recurrido a un cuento como Pocahontas, pero me lo puedo imaginar. Por el hecho de conocer la historia (quien más quien menos) el espectador debería empaparse más del viaje en sí mismo. Un viaje del todo absorbente. Con un elemento omnipresente: el agua. Procedentes de un oceano solo apuntado, la historia se recrea en detalles alrededor de un río. El río de la vida. Un paraíso.
Y con este paraje como auténtico protagonista de la película, Malick no escatima en mensajes que lo único que persiguen es hacernos reflexionar sobre lo maravillosa que puede ser la vida si nos integramos plenamente en ella, con ánimo exclusivamente de vivir y convivir, con los nuestros y con nuestro entorno.
La belleza y fuerza de las imágenes y voces del primer tercio son embriagadoras. Hasta el punto de que cuando el personaje de Colin Farrell vuelve al fuerte el contrapunto es notable. El efecto que provoca en nosotros ver las cabañas de madera y el barro del terreno es el de estar viendo cemento y asfalto.
La única lástima, en mi opinión, es la incursión del final en el viejo mundo. Se la podría haber ahorrado. Casi se podría incluso haber insinuado sin mostrarse. Ya sé que parece una locura, pero es que uno se abandona sin darse cuenta a esa idea de pureza, del ansiado edén. En pleno delirio durante el visionado puedes llegar incluso a fantasear pensando que algún día deberíamos tener derecho a ese nuevo mundo. A volver a prescindir de todos los cables que nos rodean y que estrangulan nuestra consciencia para poder formar parte del mundo de una manera más natural.
PARA: cualquiera que pueda conmoverse con un paisaje o con una imagen
ABSTENERSE: los que crean que una peli sólo se disfruta por su argumento
El nuevo mundo (2005), Terrence Malick
Ignoro si la reciente obra mayúscula de Malick se empezó a fraguar o no durante éste, su anterior film, pero bien podría haber sido así. Este mágico canto a una vida en harmonía con la naturaleza recuerda en muchos momentos, especialmente durante su primer tercio, a la hipnótica El árbol de la vida. Casualidad o no, en un instante del film una mujer insiste en que debemos vivir como lo hace el árbol, que aun atacando sus raices o cortándole una rama se abre paso a la vida.
Tampoco sé porqué habrá recurrido a un cuento como Pocahontas, pero me lo puedo imaginar. Por el hecho de conocer la historia (quien más quien menos) el espectador debería empaparse más del viaje en sí mismo. Un viaje del todo absorbente. Con un elemento omnipresente: el agua. Procedentes de un oceano solo apuntado, la historia se recrea en detalles alrededor de un río. El río de la vida. Un paraíso.
Y con este paraje como auténtico protagonista de la película, Malick no escatima en mensajes que lo único que persiguen es hacernos reflexionar sobre lo maravillosa que puede ser la vida si nos integramos plenamente en ella, con ánimo exclusivamente de vivir y convivir, con los nuestros y con nuestro entorno.
La belleza y fuerza de las imágenes y voces del primer tercio son embriagadoras. Hasta el punto de que cuando el personaje de Colin Farrell vuelve al fuerte el contrapunto es notable. El efecto que provoca en nosotros ver las cabañas de madera y el barro del terreno es el de estar viendo cemento y asfalto.
La única lástima, en mi opinión, es la incursión del final en el viejo mundo. Se la podría haber ahorrado. Casi se podría incluso haber insinuado sin mostrarse. Ya sé que parece una locura, pero es que uno se abandona sin darse cuenta a esa idea de pureza, del ansiado edén. En pleno delirio durante el visionado puedes llegar incluso a fantasear pensando que algún día deberíamos tener derecho a ese nuevo mundo. A volver a prescindir de todos los cables que nos rodean y que estrangulan nuestra consciencia para poder formar parte del mundo de una manera más natural.
PARA: cualquiera que pueda conmoverse con un paisaje o con una imagen
ABSTENERSE: los que crean que una peli sólo se disfruta por su argumento
miércoles, 5 de octubre de 2011
El árbol de la vida
El árbol de la vida, Terrence Malick (2011)
Aproximadamente una vez al año
recuerdo que el cine, como la vida, puede ser maravilloso, como decía Montes.
Normalmente, una película te sorprende cuando no te has creado una expectativa
previa. Pero en este caso ríos y ríos de tinta han corrido para ensalzar o enterrar
esta película. Así que acudí al cine con un cocktail de expectativas. Y todo
voló por los aires. Yo incluido. ¡Qué espectáculo! ¡Qué emoción! ¡Qué película!
Lo primero que me vino a la
cabeza al terminar fue un sentimiento de lástima hacia mucha gente que no la
podrá disfrutar. Unos por no poder verla y otros aun pudiendo verla.
¿A qué me refiero? Daré un
pequeño rodeo. Me refiero al hecho de estar receptivos. Ya demostró Masaru Emoto el poder receptivo del agua. Y
vale recordar que somos agua en un 75%. Sus mensajes del agua demuestran hasta qué punto somos
sensibles a captar… si nuestra mente no lo impide.
Y Malick nos da la oportunidad
de captar algo inmenso, pero no por ello indescifrable, aunque se atreva a
tocar el tema más complejo que podemos imaginarnos: la vida.
Y ahí entramos nosotros. No se
puede ir a ver esta película con una venda en los ojos y tapones en los oídos. Debemos ir abiertos, receptivos, plenos
y dispuestos a darnos un baño de consciencia que alcance lo más profundo que
hay en nosotros: nuestro ser.
Al entrar en el cine, repito: el
CINE (allá él quien se descargue viéndola de otra manera) hay que dejar la
mente aparcada en el guardarropía. No hace falta pensar. No debemos pensar. Los
millones de sentimientos que llegaran a nuestro ser ya se encargarán de
provocar pensamientos aun mucho tiempo después de haber visto la película. Pero
vamos a la película.
Lo que hace Malick es abordar el
tema desde sus dos extremos: la creación y el ser humano. En mi opinión, el
primer megamensaje que da la película se produce alrededor del minuto 20.
Contrasta a una familia rota por la pérdida de un ser querido con la inmensidad
de todo lo creado. Y parece que nos susurre: “Si no has pedido explicaciones
por TODO lo que se te ha dado, no las pidas por lo que se te quite”. Y, a su
vez, proporciona el tamaño de nuestros dramas: literalmente, no somos nada
comparados con la vida en toda su extensión. Por lo tanto, ¿qué hay que merezca
tanto tu atención como para no hacer lo único que debes hacer? Vive.
Y en ese instante, también
aparece un plano maravilloso. Una familia de dinosaurios ha perdido a uno de
los suyos, que agoniza. La llegada de un depredador nos provoca la clásica
impresión de que se impondrá la ley de la evolución, la ley del más fuerte.
Pero el depredador no ejerce su papel. Incluso en un marco tan salvaje aparece
la compasión. Aparece el amor. Y por si fuera poco, relaciona esa escena con
otra más adelante, en la que los niños juegan en ese mismo punto del río,
millones de años después.
Mi interpretación de la familia
protagonista es muy personal. El padre es el ser humano, que se complica su
existencia autoimponiéndose un corsé en forma de normas y/o formas para
organizarse y regir su destino, olvidándose de lo más importante: vivir. La
madre es eso: la madre naturaleza, la que da la vida. Vive cada momento. Desde sentir
la brisa en su cara, el agua de un aspersor en sus piernas o el amor que da
indiscriminadamente. Y los hijos vuelven a reflejar los dos extremos de
nuestras capacidades: empaparnos de vida (el rubio) o contaminarnos con nuestro
corsé (el mayor). El debate es infinito: “El hombre es bueno por naturaleza”
Rousseau, o “El hombre es un lobo para el hombre” Hobbes.
Y los papeles de la familia
confluyen en el hijo mayor ya en su etapa madura. Se da cuenta de todo.
Entiende y capta el sinsentido de la vida de la mayoría de los humanos. Su
vida. Sin embargo, tampoco es tarde para él. La vida es un ciclo infinito. El
encuentro final entendido como posterior a la muerte, tras cruzar esas puertas,
sigue dando esperanza. En esa playa, en esa orilla entre la tierra y el mar,
entre la vida y la muerte, hay encuentro y paz.
Hay algo que me impresiona aun
más. La explicación a todo encaja en cualquier mentalidad. Tanto si creemos en
el origen divino como en la pura naturaleza, la película nos encaja. Ya lo menciona
en una frase bastante al principio, pero no encuentro lógico que surja de unas
“monjas”.
Y lo más impactante de la
película: sus imágenes. Aun no participando, ni queriendo participar de su
sentido ni de la interpretación que cada uno haga, la película es un
espectáculo continuo. Es más que llamativa la desbordante sucesión de imágenes
mágicas. Tuve el placer de verla en el cine Verdi en HD y la boca no se me
cerraba ante tanta maravilla.
Aunque sepa mal en obras
maestras de este calado, nunca debemos dejar de aportar nuestra visión crítica.
No entiendo porqué tiene que durar 2h15’. Es innecesario. La parte central, la
que se centra específicamente en la familia, es redundante. Bajo mi punto de
vista se centra demasiado en el hijo mayor, y demasiado poco en ese mismo
personaje en su faceta adulta, que es precisamente cuando podría calar más su
reflexión.
Para acabar, creo que esta
película debe ayudarnos a tomar conciencia de que antes que cualquier otra cosa
somos vida. Una vida constante, inabarcable y eterna. Y somos un potencial
infinito que nunca deja de crecer, de dentro hacia fuera. Siempre en ese
sentido, como le gusta recordar a una persona muy inspiradora que entenderá
como pocos el mensaje de esta película: Antonio Jorge Larruy, desde su Espacio Interior.
Gracias Antonio por haberme
ayudado a disfrutar de este espectáculo. Del espectáculo de la vida.
Y gracias Alberto por insistir.
Gracias hermano.
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