Blue Valentine (2010), Derek Cianfrance
Con la "temporada" de visitas semanales al cine ya finiquitada en julio, repasaré en lo que queda de agosto algunas pelis que se quedaron en el tintero en los últimos meses.
Como las casualidades no existen, debe ser una causalidad que esta época de vacaciones tan frecuentemente incómoda para las parejas me haya llevado a dos pelis consecutivas que tocan el tema. Después de la reciente e inolvidable Antes del anochecer (2013), me he topado ahora con este exitoso caso del cine indie americano que tardó en estrenarse aquí.
Es absolutamente inevitable empezar advirtiendo a cualquiera que no la haya visto que se prepare para una buena dosis de amargura, aspereza, acidez o cualquier otra sensación que no sea sinónimo de una placentera degustación.
Podría repetir aquí párrafos enteros del citado último comentario sobre la peli de Richard Linklater en los que describo su acierto para plasmar los nubarrones que una pareja dificilmente evitará en el devenir de su relación. En este caso, el guión nos reserva un extra de amargura al plantear una estructura que ahonda mucho más en una herida que escocerá a más de una pareja. Este innegable acierto narrativo se apoya sobre la base de ir permanentemente contrastando la época en la que se creó la pareja con aquella en la que se destruye. Mientras asistes a la decadéncia patética de la relación, se te recuerda simultáneamente cómo esa misma unión se gestó a base de lo que todos reconocemos como magia. O al revés: mientras descubres cómo se creó algo prometedor no dejan de plantarte delante de la cara que esa química (casi siempre) caduca.
Y como siempre: si tienes un buen guión sólo te faltan buenos actores para obtener algo redondo.
Impecables Ryan Gosling y Michelle Williams en unos papeles que, a sugerencia del director, prepararon juntos durante una convivencia de un mes en una misma casa.
Cierto es, como sugiere Sergi Sanchez de El Pais, que el guión es más benévolo con él, porque lo presenta de manera más empática que a ella, aunque al final haya un giro que cuestione de golpe ese sentimiento nuestro hacia los personajes.
Insisto en que podrá provocar una sensación incómoda de pesimismo alrededor del mundo de la pareja, pero aquí de lo que se habla es de cine y aquí hay tanto como agua en una poderosa tormenta (ya que estamos) de verano.
PARA: coleccionistas de ángulos desde los que abordar los dramas de pareja
ABSTENERSE: fans de las comedias románticas edulcoradas
La vida es un guión que unos leen y otros interpretan, pero que sólo tú escribes. Está en tu mano.
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viernes, 16 de agosto de 2013
jueves, 17 de enero de 2013
Amor
Amor (2012), Michael Haneke
Asistir a una peli de Haneke tiene un punto sadomasoquista, porque a estas alturas el señor ya se ha ganado a pulso la fama de narrador con un estilo que no hace la más mínima concesión al espectador. Si decidimos acudir voluntariamente es que nos apetece esa experiencia. Es decir, no podremos decir que no estábamos avisados, como les pasó a los espectadores de Un perro andaluz (1929), cuando Buñuel rasgó aquel famoso ojo (de vaca, por cierto).
Me faltan por ver varias de sus peliculas, pero me encantó la última, La cinta blanca (2009). Muy "suave" en lo visual comparándola con anteriores suyas, pero demoledora en lo que nos descubre. Pocos (no creo que haya nadie más) podrán presumir de haber ganado en Cannes con 2 películas consecutivas. Además, tb ha sido reconocida en los recientes Golden Globes y en las nominaciones a los Oscars.
La peli destaca por una finísima linea que separa lo desgarrador de lo conmovedor. Sin duda, sólo puede ser amor lo que mueve a una persona a permanecer incansablemente al pie del cañón, luchando contra la desintegración de la persona amada y, sobretodo, compañera durante toda una vida. Y en todo ello, el sobrecogedor climax, al final de la peli, juega un papel tan controvertido como la vida misma. Mejor no hablar mucho del mismo.
Pero Haneke no es esto. Una vez más, se nos plantea un eterno debate, como el que ya mencioné al comentar Elisa K (2010), entre el fondo y la forma. Este realizador elige un fondo que puede ser muchas cosas, pero desde luego no es nuevo en el cine. Un fondo cuya brutal carga dramática suele inflarse a bombo y platillo cuando se inmortaliza frente a una cámara. Y ahí es donde aparece Haneke para imprimir su sello personal. En una forma que, por encima de muchos otros calificativos, corta de raiz cualquier efectismo asociado con este arte en su versión más comercial. El film probablemente tenga como mayor virtud el hecho de que te olvides de que es eso, precisamente, lo que estás viendo. Y alrededor de este hecho, a mi me llamaron poderosamente la atención 2 aspectos.
El primero es la clase magistral de interpretación a la que asistimos y que explica de manera cristalina el porqué de su impresionante realismo. Ciertamente, es casi imposible actuar mejor. La pareja protagonista despliega un arte digno de constituir una referencia de esta profesión. Sin un gesto ni una mueca de más. Sin una sóla escena en la que la cruda realidad permita la explosión y el lucimiento del actor, pero sin dejarse en el camino ni una sola gota de sentimiento. Una fuerza serena que probablemente sólo son capaces de transmitir los actores entrados en edad. Mis mayores respetos para Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, que por casualidad o no, ya protagonizó, hace ni más ni menos que 53 años, el clásico Hiroshima, mon amour (1959), áspero romance también con Amour en el título.
Y el segundo aspecto que me invadió al salir del cine fue preguntarme por las intenciones de Haneke. Como decía, es indudable su calidad para retratar una historia tan cruda como ésta durante dos horas entre las cuatro paredes de una casa, gracias al finísimo dominio que atesora del plano secuencia. Pero mi pregunta es ¿qué le motiva a que seamos espectadores de esta historia? De tan realista es paralizadora. Y no sé hasta qué punto necesitamos conocer los entresijos de un drama que, si no se ha vivido, es mejor no conocer y si se ha vivido es claramente mejor no recordar.
PARA: incondicionales del cine social hiperrealista
ABSTENERSE: alérgicos al cine dramón
Asistir a una peli de Haneke tiene un punto sadomasoquista, porque a estas alturas el señor ya se ha ganado a pulso la fama de narrador con un estilo que no hace la más mínima concesión al espectador. Si decidimos acudir voluntariamente es que nos apetece esa experiencia. Es decir, no podremos decir que no estábamos avisados, como les pasó a los espectadores de Un perro andaluz (1929), cuando Buñuel rasgó aquel famoso ojo (de vaca, por cierto).
Me faltan por ver varias de sus peliculas, pero me encantó la última, La cinta blanca (2009). Muy "suave" en lo visual comparándola con anteriores suyas, pero demoledora en lo que nos descubre. Pocos (no creo que haya nadie más) podrán presumir de haber ganado en Cannes con 2 películas consecutivas. Además, tb ha sido reconocida en los recientes Golden Globes y en las nominaciones a los Oscars.
La peli destaca por una finísima linea que separa lo desgarrador de lo conmovedor. Sin duda, sólo puede ser amor lo que mueve a una persona a permanecer incansablemente al pie del cañón, luchando contra la desintegración de la persona amada y, sobretodo, compañera durante toda una vida. Y en todo ello, el sobrecogedor climax, al final de la peli, juega un papel tan controvertido como la vida misma. Mejor no hablar mucho del mismo.
Pero Haneke no es esto. Una vez más, se nos plantea un eterno debate, como el que ya mencioné al comentar Elisa K (2010), entre el fondo y la forma. Este realizador elige un fondo que puede ser muchas cosas, pero desde luego no es nuevo en el cine. Un fondo cuya brutal carga dramática suele inflarse a bombo y platillo cuando se inmortaliza frente a una cámara. Y ahí es donde aparece Haneke para imprimir su sello personal. En una forma que, por encima de muchos otros calificativos, corta de raiz cualquier efectismo asociado con este arte en su versión más comercial. El film probablemente tenga como mayor virtud el hecho de que te olvides de que es eso, precisamente, lo que estás viendo. Y alrededor de este hecho, a mi me llamaron poderosamente la atención 2 aspectos.
El primero es la clase magistral de interpretación a la que asistimos y que explica de manera cristalina el porqué de su impresionante realismo. Ciertamente, es casi imposible actuar mejor. La pareja protagonista despliega un arte digno de constituir una referencia de esta profesión. Sin un gesto ni una mueca de más. Sin una sóla escena en la que la cruda realidad permita la explosión y el lucimiento del actor, pero sin dejarse en el camino ni una sola gota de sentimiento. Una fuerza serena que probablemente sólo son capaces de transmitir los actores entrados en edad. Mis mayores respetos para Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, que por casualidad o no, ya protagonizó, hace ni más ni menos que 53 años, el clásico Hiroshima, mon amour (1959), áspero romance también con Amour en el título.
Y el segundo aspecto que me invadió al salir del cine fue preguntarme por las intenciones de Haneke. Como decía, es indudable su calidad para retratar una historia tan cruda como ésta durante dos horas entre las cuatro paredes de una casa, gracias al finísimo dominio que atesora del plano secuencia. Pero mi pregunta es ¿qué le motiva a que seamos espectadores de esta historia? De tan realista es paralizadora. Y no sé hasta qué punto necesitamos conocer los entresijos de un drama que, si no se ha vivido, es mejor no conocer y si se ha vivido es claramente mejor no recordar.
PARA: incondicionales del cine social hiperrealista
ABSTENERSE: alérgicos al cine dramón
lunes, 13 de febrero de 2012
Nader y Simin. Una separación
Cartelera:
Nader y Simin. Una separación (2011). Asghar Farhadi
Según parece, esta premiada película iraní es la firme candidata al Oscar a la mejor pelicula extranjera, pero el señor Almodóvar le birló ayer el Bafta.
Opinar sobre pelis de diferentes culturas siempre me ha parecido un reto especial. Y quizás no sea tanto por abordar la misma cultura, sino porque a menudo utilizan un lenguaje cinematográfico muy realista. No soy un gran conocedor del cine iraní, por lo que me centráré (como siempre) en hablar sobre lo que veo en la pantalla. Ni más ni menos.
Lo primero que llama siempre la atención en este tipo de cine es esa austeridad. Es seco. Sin la más mínima floritura. Me hace gracia que compita en el mundo con La piel que habito, dos películas que en su factura formal están en las antípodas la una de la otra. Vertov fue uno de los grandes defensores de que la cámara de cine es en realidad un ojo que debe permitirnos llegar a percibir la realidad desde un sinfín de ópticas y puntos de vista inalcanzables para el simple ojo humano. Esa riqueza es una de las grandezas del cine, porque nos descubre nuevos mundos dentro del propio. Sin embargo, nos hallamos ante un ejercicio que busca radicalmente lo contrario. En este aspecto me recuerda a la ya comentada El niño de la bicicleta.
Si no tenemos en cuenta lo anterior antes de empezar a verla, la inmensa mayoría de espectadores, acostumbrados a los mil recursos del medio y de sus creadores, se atascarán. Por poner un ejemplo, la primerísima nota musical aparece con los titulos de crédito... del final. Yo particularmente, no me alineo tanto con este cine. Reconozco que siempre me da pereza abordarlo. Disfrutaré siempre más con el cine como arma emocional que, bien aprovechado, crea pequeños universos individuales.
Dicho esto, estamos ante un sobrio y áspero retrato de una sociedad que nota como el aire contemporaneo agrieta su ancestral pero impuesto equilibrio. Muestra con muchísima mano izquierda y con una sabia y prudente distancia las inevitables tensiones entre sus ramas más y menos aperturistas.
Sin embargo, lo que para mí es digno de ser resaltado en el film es el tratamiento que se hace de algo que no tiene nada que ver con la convivencia entre culturas y sí mucho con uno de los principios en los que debe anclarse el ser humano: el uso de la verdad. Me parece de una pureza absoluta la manera en que se trata, con el trasfondo de un triángulo familiar formado por una pareja en separación y una hija de 11 años. Todo lo que sucede alrededor del mismo busca perfilar de qué manera moldeamos esa verdad en beneficio propio cuando a nosotros nos interesa. Pero ese "nosotros" ya no está tan claro cuando incluye a un hijo o una hija. Ahí, al final, he de reconocer que ese estilo hiper realista da en la diana. Y eso es algo que hay que saber hacer.
PARA: exploradores del ser humano
ABSTENERSE: los que disfrutan el cine exclusivamente como experiencia
Nader y Simin. Una separación (2011). Asghar Farhadi
Opinar sobre pelis de diferentes culturas siempre me ha parecido un reto especial. Y quizás no sea tanto por abordar la misma cultura, sino porque a menudo utilizan un lenguaje cinematográfico muy realista. No soy un gran conocedor del cine iraní, por lo que me centráré (como siempre) en hablar sobre lo que veo en la pantalla. Ni más ni menos.
Lo primero que llama siempre la atención en este tipo de cine es esa austeridad. Es seco. Sin la más mínima floritura. Me hace gracia que compita en el mundo con La piel que habito, dos películas que en su factura formal están en las antípodas la una de la otra. Vertov fue uno de los grandes defensores de que la cámara de cine es en realidad un ojo que debe permitirnos llegar a percibir la realidad desde un sinfín de ópticas y puntos de vista inalcanzables para el simple ojo humano. Esa riqueza es una de las grandezas del cine, porque nos descubre nuevos mundos dentro del propio. Sin embargo, nos hallamos ante un ejercicio que busca radicalmente lo contrario. En este aspecto me recuerda a la ya comentada El niño de la bicicleta.
Si no tenemos en cuenta lo anterior antes de empezar a verla, la inmensa mayoría de espectadores, acostumbrados a los mil recursos del medio y de sus creadores, se atascarán. Por poner un ejemplo, la primerísima nota musical aparece con los titulos de crédito... del final. Yo particularmente, no me alineo tanto con este cine. Reconozco que siempre me da pereza abordarlo. Disfrutaré siempre más con el cine como arma emocional que, bien aprovechado, crea pequeños universos individuales.
Dicho esto, estamos ante un sobrio y áspero retrato de una sociedad que nota como el aire contemporaneo agrieta su ancestral pero impuesto equilibrio. Muestra con muchísima mano izquierda y con una sabia y prudente distancia las inevitables tensiones entre sus ramas más y menos aperturistas.
Sin embargo, lo que para mí es digno de ser resaltado en el film es el tratamiento que se hace de algo que no tiene nada que ver con la convivencia entre culturas y sí mucho con uno de los principios en los que debe anclarse el ser humano: el uso de la verdad. Me parece de una pureza absoluta la manera en que se trata, con el trasfondo de un triángulo familiar formado por una pareja en separación y una hija de 11 años. Todo lo que sucede alrededor del mismo busca perfilar de qué manera moldeamos esa verdad en beneficio propio cuando a nosotros nos interesa. Pero ese "nosotros" ya no está tan claro cuando incluye a un hijo o una hija. Ahí, al final, he de reconocer que ese estilo hiper realista da en la diana. Y eso es algo que hay que saber hacer.
PARA: exploradores del ser humano
ABSTENERSE: los que disfrutan el cine exclusivamente como experiencia
martes, 17 de enero de 2012
El niño de la bicicleta
Cartelera:
El niño de la bicicleta (2011), Jean-Pierre y Luc Dardenne
Una de las grandezas del cine es la inmensa variedad de formas que puede adoptar. Una de ellas es la de buscar un hiper-realismo que te haga olvidar que estás viendo cine. A unos les gustará más que a otros (vaya novedad) pero los unos y los otros deberían reconocer unánimemente el mérito que eso implica. Y ésta es una de esas películas. Curiosamente, aunque no se asemeje en nada a ella, tiene esa huella de cine social al desnudo de Ladrón de bicicletas. Ignoro si el hurto de la misma pretende o no ser algún tipo de homenaje.
Su único eje es la visión de un niño con un no explicitado problema para relacionarse con los demás, que persigue algo muy concreto. Y sobre ese hilo se mueve la práctica totalidad de las acciones que ocupan el film, sustentadas en las excelentes y contenidas interpretaciones del chico y la mujer.
Me ha recordado al mejor Sashimi japonés: crudo, a palo seco, sin ornamentos, pero más auténtico imposible. Si no fuese por tres momentos concretos en los que suenan unas notas musicales nos podríamos hasta olvidar de que estamos viendo una peli.
En otras ocasiones he mostrado mi recelo hacia películas que pivotan exclusivamente sobre los ojos de un niño (exceptuando El sexto sentido). Sin embargo, en esta ocasión, debo admitir que la sobriedad con la que está abordado el guión es algo digno de estudio, porque constituye una auténtica lección. Aun así, considero un desliz de los directores la inclusión de un par de escenas (conversación Samantha-Padre, llamada de Samantha al centro) invisibles a los ojos del niño y que rompen esa óptica innecesariamente, dado que prescindir de ellas era fácilmente asumible por el guión.
Pero que notable es su comienzo. Y cuando digo comienzo digo el segundo 1. ¿Cuántas películas conocéis que aborden su trama principal en el segundo 1? ¿Y cuántas de ellas dejan claro de qué va el asunto sólo unos segundos después? Pues apunten: ésta es una. Y que nadie desprecie este aspecto, porque uno de los grandes retos de esta industria hoy en día es captar la atención cuanto antes, comunicando al mismo tiempo.
Partiendo de ese inicio, la película juega muy hábilmente con el ritmo que impone la personalidad y la finalidad de su protagonista, que no se relaja ni un instante, facilitando que nuestro interés por su objetivo no decaiga lo más mínimo.
Y por último, pero no menos importante, qué gran lección de vida. La que da la mujer con el chico, pero la que nos da el propio Cyril al final. En un mundo que cada vez más necesita que protejamos a los niños, las mejores lecciones nos las suelen dar ellos mismos.
PARA: aquellos que saben apreciar el buen cine social
ABSTENERSE: los que sólo hayan visto pelis en 3D recientemente
El niño de la bicicleta (2011), Jean-Pierre y Luc Dardenne
Una de las grandezas del cine es la inmensa variedad de formas que puede adoptar. Una de ellas es la de buscar un hiper-realismo que te haga olvidar que estás viendo cine. A unos les gustará más que a otros (vaya novedad) pero los unos y los otros deberían reconocer unánimemente el mérito que eso implica. Y ésta es una de esas películas. Curiosamente, aunque no se asemeje en nada a ella, tiene esa huella de cine social al desnudo de Ladrón de bicicletas. Ignoro si el hurto de la misma pretende o no ser algún tipo de homenaje.
Su único eje es la visión de un niño con un no explicitado problema para relacionarse con los demás, que persigue algo muy concreto. Y sobre ese hilo se mueve la práctica totalidad de las acciones que ocupan el film, sustentadas en las excelentes y contenidas interpretaciones del chico y la mujer.
Me ha recordado al mejor Sashimi japonés: crudo, a palo seco, sin ornamentos, pero más auténtico imposible. Si no fuese por tres momentos concretos en los que suenan unas notas musicales nos podríamos hasta olvidar de que estamos viendo una peli.
En otras ocasiones he mostrado mi recelo hacia películas que pivotan exclusivamente sobre los ojos de un niño (exceptuando El sexto sentido). Sin embargo, en esta ocasión, debo admitir que la sobriedad con la que está abordado el guión es algo digno de estudio, porque constituye una auténtica lección. Aun así, considero un desliz de los directores la inclusión de un par de escenas (conversación Samantha-Padre, llamada de Samantha al centro) invisibles a los ojos del niño y que rompen esa óptica innecesariamente, dado que prescindir de ellas era fácilmente asumible por el guión.
Pero que notable es su comienzo. Y cuando digo comienzo digo el segundo 1. ¿Cuántas películas conocéis que aborden su trama principal en el segundo 1? ¿Y cuántas de ellas dejan claro de qué va el asunto sólo unos segundos después? Pues apunten: ésta es una. Y que nadie desprecie este aspecto, porque uno de los grandes retos de esta industria hoy en día es captar la atención cuanto antes, comunicando al mismo tiempo.
Partiendo de ese inicio, la película juega muy hábilmente con el ritmo que impone la personalidad y la finalidad de su protagonista, que no se relaja ni un instante, facilitando que nuestro interés por su objetivo no decaiga lo más mínimo.
Y por último, pero no menos importante, qué gran lección de vida. La que da la mujer con el chico, pero la que nos da el propio Cyril al final. En un mundo que cada vez más necesita que protejamos a los niños, las mejores lecciones nos las suelen dar ellos mismos.
PARA: aquellos que saben apreciar el buen cine social
ABSTENERSE: los que sólo hayan visto pelis en 3D recientemente
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