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miércoles, 4 de septiembre de 2013

La caza

La caza (2012), Thomas Vinterberg


Hay peliculas con más y menos virtudes. En general, a más virtudes mejor la peli. Es decir, podremos suponer que un film que no esté rodado con peripecias técnicas, que no cuente con destacadísimas interpretaciones, y encima con actores desconocidos, que no tenga apenas música y proveniente de Dinamarca nos dará a entender que se trata de una película para minorías. Error. Error mayúsculo.
No será porque lo diga yo, pero partiendo casi exclusivamente de un guión eficaz y eficiente, a cargo del propio director y de Tobias Lindholm, rodado con una sobriedad exquisita, consigue aprisionar tu corazón en un puño durante la práctica totalidad de su metraje. No se ven películas así.
Ya hacía tiempo que me tentaba, porque se ha ido ganando poco a poco, sin prisas, esa fama de peli imprescindible a base de reconocimientos internacionales. La forma más saludable y genuina de ganar buena reputación. Entre otros, el premio al mejor guión en los European Film Awards. También merece reconocimiento el trabajo de Mads Mikkelsen como protagonista, premiado en Cannes, y al que vimos como villano contra James Bond. Aun así, exceptuando un pequeño caso que mencionaré más tarde, decía que las interpretaciones no llaman la atención porque en general el nivel de los actores es discreto, sin olvidar el hecho de que estamos ante el característico registro escandinavo y al probable deseo del director de no exagerar el drama narrado conteniendo a sus actores.
Hoy más que nunca, no contaré nada sobre su argumento. Como únicas referencias destacaré aspectos del mismo que me parecen sobresalientes, sin revelar nada de la historia. Vivimos en una sociedad tan hipersensibilizada hacia determinados temas (probablemente sin falta de razón) que ante señales puntuales carentes de entidad se provocan auténticos tsunamis que pueden arrasar vidas enteras.
¿Que pasa si luego se aclara todo? Que el daño es irreparable. Como insisto en no revelar nada, tomaré como ejemplo otro tema para ilustrarlo: las noticias que se publican sin fundamento. Nunca meten al periodista entre rejas cuando se han causado verdaderos perjuicios a terceros injustamente.
Las reflexiones que provoca el film seguro que daran lugar a extensos debates entre todos aquellos a los que nos afecta la responsabilidad de educar a los niños y, más aun, supervisar sus influencias y/o lo que pueda estar ocurriendo en sus pequeños y opacos mundos. Cosas de las que somos los causantes en el 99% de los casos.
Por último, me parece justo resaltar, además del guión, 3 aspectos. El primero, la interpretación de la niña. Papel muy secundario pero capital y que merece un premio por el trabajo del director o de quien sea con ella para encontrar el punto perfecto para la historia.
El segundo, un plano. El del cartel de la película, con un primer plano del protagonista. Esa simple pero poderosa mirada escenifica un momento clave del desenlace de la peli y la destaco porque me parece un ejemplo inmejorable de porqué un gran guión no son sólo diálogos (como algun amigo me confesaba creer recientemente).
Y el tercero, la escena final. Cuántas cosas dice en pocos segundos, también sin diálogos, y como portentosamente resume las consecuencias de sucesos como el que se narra.
Simple y llanamente, imprescindible.

PARA: cualquiera mínimamente interesado en tomar conciencia de la sociedad en la que vivimos
ABSTENERSE: los cortos de vista que confunden este tipo de calidad con pelis del montón para TV

jueves, 17 de enero de 2013

Amor

Amor (2012), Michael Haneke


Asistir a una peli de Haneke tiene un punto sadomasoquista, porque a estas alturas el señor ya se ha ganado a pulso la fama de narrador con un estilo que no hace la más mínima concesión al espectador. Si decidimos acudir voluntariamente es que nos apetece esa experiencia. Es decir, no podremos decir que no estábamos avisados, como les pasó a los espectadores de Un perro andaluz (1929), cuando Buñuel rasgó aquel famoso ojo (de vaca, por cierto).
Me faltan por ver varias de sus peliculas, pero me encantó la última, La cinta blanca (2009). Muy "suave" en lo visual comparándola con anteriores suyas, pero demoledora en lo que nos descubre. Pocos (no creo que haya nadie más) podrán presumir de haber ganado en Cannes con 2 películas consecutivas. Además, tb ha sido reconocida en los recientes Golden Globes y en las nominaciones a los Oscars.
La peli destaca por una finísima linea que separa lo desgarrador de lo conmovedor. Sin duda, sólo puede ser amor lo que mueve a una persona a permanecer incansablemente al pie del cañón, luchando contra la desintegración de la persona amada y, sobretodo, compañera durante toda una vida. Y en todo ello, el sobrecogedor climax, al final de la peli, juega un papel tan controvertido como la vida misma. Mejor no hablar mucho del mismo.
Pero Haneke no es esto. Una vez más, se nos plantea un eterno debate, como el que ya mencioné al comentar Elisa K (2010), entre el fondo y la forma. Este realizador elige un fondo que puede ser muchas cosas, pero desde luego no es nuevo en el cine. Un fondo cuya brutal carga dramática suele inflarse a bombo y platillo cuando se inmortaliza frente a una cámara. Y ahí es donde aparece Haneke para imprimir su sello personal. En una forma que, por encima de muchos otros calificativos, corta de raiz cualquier efectismo asociado con este arte en su versión más comercial. El film probablemente tenga como mayor virtud el hecho de que te olvides de que es eso, precisamente, lo que estás viendo. Y alrededor de este hecho, a mi me llamaron poderosamente la atención 2 aspectos.
El primero es la clase magistral de interpretación a la que asistimos y que explica de manera cristalina el porqué de su impresionante realismo. Ciertamente, es casi imposible actuar mejor. La pareja protagonista despliega un arte digno de constituir una referencia de esta profesión. Sin un gesto ni una mueca de más. Sin una sóla escena en la que la cruda realidad permita la explosión y el lucimiento del actor, pero sin dejarse en el camino ni una sola gota de sentimiento. Una fuerza serena que probablemente sólo son capaces de transmitir los actores entrados en edad. Mis mayores respetos para Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, que por casualidad o no, ya protagonizó, hace ni más ni menos que 53 años, el clásico Hiroshima, mon amour (1959), áspero romance también con Amour en el título.
Y el segundo aspecto que me invadió al salir del cine fue preguntarme por las intenciones de Haneke. Como decía, es indudable su calidad para retratar una historia tan cruda como ésta durante dos horas entre las cuatro paredes de una casa, gracias al finísimo dominio que atesora del plano secuencia. Pero mi pregunta es ¿qué le motiva a que seamos espectadores de esta historia? De tan realista es paralizadora. Y no sé hasta qué punto necesitamos conocer los entresijos de un drama que, si no se ha vivido, es mejor no conocer y si se ha vivido es claramente mejor no recordar.

PARA: incondicionales del cine social hiperrealista
ABSTENERSE: alérgicos al cine dramón

lunes, 24 de diciembre de 2012

De oxido y hueso

De óxido y hueso (2012), Jacques Audiard


Especialmente aquí, nos gusta identificar el cine del pais vecino con la nada original etiqueta de 'cine francés'. En general nos entendemos. Cine social, austero, que huye de estructuras clásicas (y no digamos hollywoodienses) y que parece recoger instantes aleatorios de las vidas de sus personajes. No es mi cine favorito, pero siempre he creído, respecto a todo (no sólo en cine) que si al final me llevan a algún lugar especial el camino siempre merece la pena.
A diferencia de la reciente En la casa (2012), que atrapaba desde el mismo principio, éste vuelve a ser un caso más propio de ese cine francés ... marca de la casa. Cámara en mano, situaciones familiares de personajes supervivientes en un mundo impersonal, cada uno con sus miserias. Es en esos instantes cuando este tipo de obras parece que le susurren a la platea: "Sí. También en pantalla comerás la misma lucha del duro mundo que nos está tocando vivir". Suspiras y piensas que la oportunidad de ir al cine hoy en día merece obtener a cambio experiencias a la altura.
Yo acudí (como no) persiguiendo a Marion Cotillard. No sólo acerté nuevamente con ella, sino con lo que la rodea.
Cuando la peli ha colocado a cada personaje en su lugar (incluido tú mismo), a base de unos primeros pasos secos, ásperos y sin la más mínima floritura, empieza a penetrar en el personaje que encarna Marion agitando sus emociones y con ello las nuestras. Ese instante en la terraza, con el viento en su cara, mientras ella recupera el vigor, es sumamente parco y puro, pero es una explosión de vida. No hacen falta violines a todo trapo, ni movimientos de cámara espectaculares, y no digamos efectos especiales. Es la esencia de porqué el cine es arte en movimiento.
La carga dramática que contiene el personaje de ella contrasta con la del protagonista. ¿Curioso verdad? Es la primera vez que me encuentro con un protagonista y un "falso protagonista" en la suma de la peli. Narrativamente, la historia nos sube a lomos del personaje del belga Mathias Schoenaerts (dicen que el nuevo Michael Fassbender), que sin embargo ofrece una dimensión como personaje cercana al encefalograma plano. El espectador está con ella, protagonista dramática de la historia, en un papel de lisiada que hemos visto mil veces como eje central de pelis lacrimógenas. La habilidad del director está precisamente en cómo huye de eso, apoyándose en un pseudo romance que por momentos parecería patético. Sin embargo, tratándolo como lo hace, a base de una relación de una simpleza aplastante, le confiere pureza. Lo que ya no me queda muy claro es si esa pureza llega a convertirse en absoluta verosimilitud. Sin duda, por momentos lo logra, y en su conjunto consigue que el camino haya valido la pena.

PARA: Los que prefieren la emoción de un regalo a su interior
ABSTENERSE: Los que se fijen más en el regalo que en sus intenciones

lunes, 17 de septiembre de 2012

Hara-kiri. Muerte de un samurai

Cartelera:
Hara-kiri. Muerte de un samurai (2011), Takashi Miike


El cine japonés siempre ha dejado una huella muy característica en occidente: historias que repasan episodios muy significativos de su milenaria y tradicional cultura. Ignoro si ellos disfrutan tanto como nosotros con algunas películas, porque a buen seguro más de uno allí considerará que estan ideadas para nosotros.
La que nos ocupa es un remake de la de 1962. Por entonces, ya habian cruzado fronteras algunas de sus obras maestras, pero nada que ver con el mundo globalizado de hoy, como es lógico. La historia que cuenta está llena de simbolismos de la literatura clásica, envuelta en una trama de venganza.
De ésta última se hace cargo un director del nuevo cine espectáculo, que puso los pelos de punta a los puristas cuando se encargó de este remake. Sin embargo, supo salir airoso de la prueba gracias a un estético respeto a la hora de recrear el particular mundo de los samurais.
No voy a entrar en detalles argumentales, como no hago nunca, pero creo que recuperar hoy en día guiones de medio siglo de antigüedad convierte en una quimera cualquier posibilidad de igualar o superar a su antecesora.
En lugar de ello, sí podemos recrearnos en su producción, dirección e interpretación. Y en todas ellas estamos ante una obra impecable. Es un auténtico gustazo bañarse en una atmósfera como la que abarca a esta selectísima comunidad, en un Japón tradicional que se recrean con exquisitas fotografía, dirección de arte, música, sonido y demás facetas de realización.
Mención aparte merecen contadas escenas de una carga dramática superlativa. Las que creo que se llevan la palma son las que tienen lugar en la casa de los samurais. Unas por razón evidente por muchos motivos, y otras por la habilidad del director para combinar aspectos tan peliagudos como la estructura del film y la dirección de actores.
Las que sin embargo quedan, en mi opinión, del todo desfasadas son las que tienen lugar fuera. Pretender alargar situaciones dramáticas clásicas, por emotivas que sean, y que pertenecen más al cine de mediados del siglo XX, no sólo no aporta nada al film, sino que más bien le resta.
Pero si de honor hablamos, este singular director lo salva sin discusión.

PARA: simpatizantes de remakes con gusto sobre films clásicos
ABSTENERSE: los que solo busquen historias clásicas o luchas de espadas

sábado, 25 de agosto de 2012

Carlos

Carlos (2010), Olivier Assayas


Me encantaría saber los entresijos del proyecto que dio lugar a esta película, convertida también en miniserie para la TV. Luego expongo el por qué. Presentada en Cannes 2010, expone una versión de su etapa como terrorista del venezolano Ilich Ramírez Sánchez, conocido mundialmente como Carlos, y desde 1994 cumpliendo cadena perpetua en Francia.
Si hay una cosa clara acerca de la vida de este mediático delincuente es, precisamente, que no está clara. Personaje de una complejísima identidad, ha dado lugar a ríos de tinta, teorías, hipótesis y leyendas urbanas que no han hecho otra cosa que incrementar el misterio sobre sus años de activista contra el "imperialismo occidental". El periódico británico The Guardian lo bautizó con el nombre de Chacal, al encontrarse entre sus pertenencias un ejemplar de la novela de Frederick Forsyth. Y me va que ni pintada la anécdota, porque mientras veía la peli en Filmin ya pensaba en la enorme distancia que separa a ésta y al peliculón basado en dicho libro que firmó Fred Zinemann en 1973. Ya le gustaría al incomprensible director de este film - de trayectoria discreta y con titulos como Paris, je t'aime (2006) - acercarse a la otra, aunque el personaje y los hechos no tengan nada que ver.
Centrándonos en ésta, remarco mi decepción ante el resultado obtenido partiendo de un reto como el de retratar a semejante personaje. El principal motivo es que en ningún momento, entre sus más de dos horas y media de duración, se profundiza verdaderamente en él. Parece mentira pero es así. Ningún tipo de estilo sugerente. Hechos y sólo hechos. No digo que no sean interesantes, dado el clima político de guerra fría durante las décadas de los 70 y los 80. Pero, resulta inverosímil que un guión cinematográfico que aborde esta figura no intente descifrar (aunque sea con ilimitada licencia para la ficción) cómo nacen, crecen, se desarrollan y evolucionan los motivos y la personalidad del citado protagonista.
Un dato sobre el guión refleja esa falta de savoir faire para provocar un mayor interés en el espectador sobre éste prófugo francés. Por un lado, apenas hay escenas en las que el susodicho aparezca sólo, en actitud reflexiva, o que revelen su pensamiento. Por otro, tampoco las hay casi en las que él no aparezca y se genere, mediante conversaciones de los relacionados con él, ese halo especial alrededor del hombre que tenía en vilo a varios países.
Por seguir con el guión, decide con una aburrida originalidad describir los hechos cronológicamente. No tengo nada en contra ante tan lícito recurso, ni mucho menos, pero a falta de profundidad en el dibujo del personaje podría al menos haber jugado más con la narrativa, cuando la historia, las numerosas localizaciones y los diversos personajes le daban ingredientes de sobra para ello.
Me han gustado detalles como la caracterización del protagonista durante los más de 20 años que cubre de su vida, punto que raras veces se aborda como merece en el cine. Y también la fidelidad a las numerosas lenguas habladas por el protagonista en la versión original.
Como decía en la primera frase, y observando el conjunto, el sabor final que me deja es de que haya gato encerrado: un director inapropiado, un guión burdo, muchos hechos omitidos y poca profundización en el protagonista. En un mundo tan hiperpolitizado como en el que vivimos, no me extrañaría nada que algo raro hubiese en su propósito.
Como anécdota final la breve carta que el verdadero Carlos escribió, ya desde la cárcel, al actor venezolano que lo encarna en la peli: contiene más chicha que el propio film.

PARA: interesados en repasar algunos de los conflictos oriente-occidente de finales del s.XX
ABSTENERSE: los que adoran el cine por lo que sugiere en lugar de por lo que muestra