martes, 31 de diciembre de 2013

Inalcanzable

                                                 ilustración de Juan Sebastián Wilches (CreativosColombianos.com)

Sólo durante una fracción de segundo él levanta la mirada. No puede explicarse por qué lo ha hecho. La mínima posibilidad de cruzarla con la de ella le aterroriza. Quizás es un impulso desbocado por pensar que su mala suerte no puede ser eterna. Pero su confianza dura tanto como un disparo inesperado. Su expresión refleja una  penetrante cuchillada cuando sus ojos y los de ella coinciden. Tiene que hacer algo. Tiene que decidir antes de que su mano aplaste la copa de vino que olvida estar sujetando. Su temblor amenaza con desbaratar cualquier otro plan. Ya es demasiado evidente, pero bajo ningún concepto levantará la mirada de nuevo. Ahí acierta. Demorar unos segundos más esa visión es la mejor alternativa. Quizás la única. Lo de menos en ese momento es verse desnudo, con miles de gotas de sudor río abajo, encharcando las sábanas y suavizando el rojo de la sangre hacia un futuro rosa. Por un momento, le tranquiliza saber que pronto dejará de ver ese dedo gordo. En cuanto quede completamente sumergido por ese charco de líquidos olvidará que a éste le sigue un pie que ya no tiene dueña. Lo peor es que su paz siempre es efímera. Los oídos de sus entrañas no se pueden tapar. No pueden amortiguar los alaridos que rasgan lenta y cruelmente el rincón más cercano y más inalcanzable de este mundo: su corazón. Ni siquiera podrá conservar un trocito. Cada día a esa hora explota de tal manera que en lugar de partirse se licua. Su último pensamiento siempre es para aquel niño. Una vaga imagen que gana forma con el tiempo. Un alma que le impulsó  a convertir aquella escena en un camino al escenario. Una semilla que, como todas, sólo sabe prometer. Y su última respiración le deja por fin tranquilo. Morir cada día allí arriba era la mejor manera que podía haber imaginado de vivir. Lo de menos eran aquellos histéricos y atolondrados aplausos que algún día esperaba aprender a desoír. 

lunes, 30 de diciembre de 2013

Microrrelatos


Este blog también se podría haber llamado Nunca es tarde. Una máxima que gana con los años. Cuanto más tarde se hace, más cierta es.
Ya os avisé que lo de comentar pelis estaba liquidado. Me inquieta más escribir. Léase crear, no comentar. A poder ser guiones para ver. Eso lo sabéis. Pero algo me llamó. Fue la necesidad de vaciar mundos en lo que dura un café. Gérmenes de algo que nunca será o de algo que ya se verá.
Vivimos en la era de la multitarea. Multipistas que albergan crecientes tareas que aprender a manejar a la vez. Lo de aprender va por todos los del siglo pasado. Los demás ya lo llevan en la sangre.
Así que corto pero intenso. Como la vida misma.
Prometo emociones y espero que merezcan opiniones. No esperéis. Escribid. Comentádmelas en el blog, que hace ilusión. Pero hacedlo desde vuestras sensaciones. Dejad la cabecita en el parking y fluid. Los grandes momentos siempre están compuestos de pequeñas grandes sensaciones. Y si las compartimos siempre se amplifican. ¿Es ese el secreto de la gran red?
Aprovecho para desearos a todos un genial 2014. Y para despedir este necesario año, mañana tendréis el primer microrrelato.
Nunca es tarde.

sábado, 12 de octubre de 2013

Ayer ... sí termina

Ayer no termina nunca (2013), Isabel Coixet


Nunca hasta ahora había comentado ninguna peli de esta directora que ha impactado en mí con la misma evolución que ha experimentado el reconocimiento al valor de su filmografía: de más a menos. Nunca había comentado ningun film del que hubiese cubierto su rodaje, como ocurrió en este caso hace justo un año para La Finestra Digital. Y nunca habría imaginado, cuando empecé con el blog hace justo dos años, que ésta, precisamente, sería la última película que comentaría aquí. Así que, mi querida Isabel, ayer sí termina. Por supuesto, todo esto nunca es casualidad, y siempre causalidad (veritat Albert?). En mi próximo post tendréis sorpresas...
La peli es, sin duda, uno de esos ejemplos que a veces ofrece el cine fundiéndose con el teatro. Sólo que en esta ocasión habría funcionado mejor sobre un escenario que sobre una pantalla. Una única localización (prácticamente), dos únicos personajes y mucha puesta en escena dramática.
La Coixet ha querido recuperar ese sello de retratar la intimidad que tan bien le funcionó en sus inicios, pero sin la frescura y espontaneidad con las que se dió a conocer. Tiene la discutible virtud de crear unos diálogos que parece que están funcionando hasta que llegan a una frase en la que aflora su ñoñez. Suele vérsele siempre el plumero buscando expresiones que de tan puestecitas tiñen la situación de saturadamente cinéfila. A eso hay que añadirle el ambicioso y suicida atrevimiento de querer dilatar un diálogo intenso y emotivo durante hora y media. Ese es un reto que me temo está reservado para los más grandes.
Con todo ello, me parece que el resultado no merece las críticas que cosechó. Su fondo es un frío telón de piedra sobre el que se proyecta el pasado de una pareja y sus secuelas, tema infinito sobre el que he comentado varias películas en los últimos meses. Su enfoque es una desgarrada contraposición sobre dos maneras extremas de entender la vida: adoptar el carpe diem vs. aplazarlo sine die. Huelga decir con cual me alineo.
Pero no quiero trivializar con un sentimiento que me produjo la peli, al que contribuyeron las acostumbradas grandes interpretaciones de Javier Cámara y, sobretodo, de una soberbia Candela Peña, una de las mejores actrices españolas sin tener en su curriculum aventuras internacionales (ni falta que le hacen).
Ese sentimiento al que me refiero fue una espontánea sensación relacionada con la manía que todos tenemos de influir en los demás. Para mí, la libertad debe ser aprender a vivir por tu cuenta sin aleccionar y respetando hasta el extremo las decisiones que todos los demás tomamos constantemente. Curiosamente, o mejor dicho causalmente, es como más se acaba influyendo en los demás, con el ejemplo. Uno de los hombres más increíbles que ha pisado este planeta dijo una vez: "Si quieres cambiar este mundo, empieza por cambiarte a ti mismo". Se llamaba Mahatma Gandhi.

PARA: melancólicos que gustan de regocijarse en dramones chico-chica
ABSTENERSE: escapistas de las adversidades que provocan las crisis de pareja.