360 Juego de destinos (2011), Fernando Meirelles
Las peliculas corales, con multiples personajes y sin protagonista, son una especie difícil de encontrar en el mundo del cine. Carecer de una trama principal no facilita exactamente las cosas a la hora de convencer sobre su potencial. Deben hacer falta muchas carambolas para que una salga a flote.
Pues ésta es de las que no sólo flota sino que navega impecablemente. Se ha atrevido este reconocido director, autor de éxitos como Ciudad de Dios (2002) o El jardinero fiel (2005), que adapta una novela ni más ni menos que del año 1900.
El guión, del ya curtido Peter Morgan, hilvana exquisitamente numerosas historias personales que giran siempre alrededor de las más estrechas e intimas relaciones con los nuestros. Muchas caras, algunas archiconocidas, entre ellas una de mis musas: Rachel Weisz. Desde el mismísimo inicio una palabra sienta las bases de lo que nos depara el film: bifurcaciones. Persistentes cruces de caminos y las inevitables decisiones que éstos conllevan son la constante en las situaciones que se nos van presentando, sobre personajes que conocemos progresivamente como si acabásemos de entrar en un autobus. Eso es lo complicado, que la limitada y minuciosa información que recibimos en cada caso sea suficiente para que no saltemos del bus en marcha. Pero es que en algunos casos, como en la historia de la brasileña en el aeropuerto, la tensión que consigue el film es comparable a la de cualquier buen thriller, que habría estado amasado durante bastante más tiempo los antecedentes de esa escena.
Otro gran acierto de Meirelles es el tono de la peli. Aunque hay una evidente carga dramática en todas las historias, en unas más desenfadada q en otras, en ningún caso se pasa de vueltas, con una única excepción cercana al final.
Pero quizás el aspecto que creo que más contribuye a darle al film una personalidad incuestionable es la crueldad y a la vez austeridad con la que se muestran los condicionantes de cada personaje antes de su decisión. Estoy es desacuerdo con la matoría de críticas que he leido sobre este punto, achacándole falta de profundidad y no jugar a nada. En mi opinión, huye de efectismos mostrando todas esas pequeñas decisiones como quiere: enseñándonos que el resto de nuestras propias vidas está inmerso cada día, y en múltiples ocasiones, en todas y cada una de las cosas que hacemos. El futuro se reescribe cada segundo que pasa.
Con todo, esa cruda realidad me hace reconocer que una peli coral difícilmente ocupará un lugar de referencia en nuestra memoria. Pero la memoria almacena pasado y la fuerza de este mensaje está en cómo nos enseña que sólo existe el presente.
PARA: espectadores que aprovechan cada segundo que pasan frente a una pantalla
ABSTENERSE: cualquiera que sólo busque en cada peli referentes del pasado
La vida es un guión que unos leen y otros interpretan, pero que sólo tú escribes. Está en tu mano.
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miércoles, 5 de junio de 2013
martes, 14 de mayo de 2013
Efectos secundarios
Efectos secundarios (2013), Steven Soderbergh
Steven Soderbergh es, por encima de cualquier valoración sobre su trabajo, un privilegiado. Rodar más de un largometraje de media desde hace casi 30 años, a la edad de 50, es algo de lo que muy pocos pueden presumir. Pero uno de los retos de tan prolífica actividad es la de mantener el prestigioso sello de autor. Y, sin duda, es merecido que él mantenga ese status cuando ha firmado el guión de 10 de esas obras, pero por los méritos de las últimas la cosa ya cambiaría. Más allá de la peli de culto que le lanzó a la fama, Sexo mentiras y cintas de video (1989), no se reconoce en el resto de sus guiones ningún éxito planetario, ni de público ni de crítica. El cambio de siglo le favoreció en el rol de realizador, con éxitos de crítica y público, como Erin Brockovich (2000) o Traffic (2000), y también con la comercial saga de Ocean's eleven (2001). Sin embargo, los últimos años confirman que se está especializando en vivir del pasado.
La peli de hoy es un buen ejemplo de su evolución. Por un lado, me llama mucho la atención la manera en que combina los ingredientes como realizador para cocinar un plato que lleva su sello. Sus películas acostumbran a caracterizarse por el ritmo. O, mejor aun, por el paso que llevan, dado que la palabra ritmo sugiere un tempo que llevaría a error.
Su estilo narrativo es especial. Amasa a los personajes. Bordea, precisamente, la falta de ritmo pero consigue salirse airoso siempre sobre la campana a medida que avanza el film. Para ello, en esta ocasión, abusa quizás un pelo de los acordes musicales como subrayadores de la acción (o la falta de la misma).
Se puede decir que es un buen constructor de atmósferas. En esta ocasión vuelve a manejar un tema controvertido como el de los fármacos y su modo de comercialización, como ya hizo antes con asuntos como las drogas, las pandemias o los abusos de las multinacionales.
Pero mencionaba lo de su evolución porque, más allá de la forma, sigue faltando algo más propio del fondo: el guión o el equilibrio de una historia. Soderbergh repite con el guionista con el que ya firmó Contagio (2011). Su primer y segundo acto mantienen (a su estilo) el crescendo que podamos pedirle a este tipo de thrillers.
En cuanto a las interpretaciones, destaca Rooney Mara en el papel de la atormentada Emily. Sin embargo, los más conocidos, Jude Law y Catherine Zeta-Jones, pasan más sin pena ni gloria. No tengo nada en contra del actor británico, pero creo sinceramente que le funcionan muchísimo mejor los papeles más enigmáticos y sutiles.
Donde el film pierde la oportunidad de ser notable es en su tercer acto. Esa atmósfera de la que hablaba, con el oscuro mundo de la introducción de determinados fármacos en el mercado, acaba sucumbiendo ante el tópico desenlace de buenos y malos que hemos visto en innumerables ocasiones. Una lástima. Esperemos que pronto recupere su senda. A ese ritmo al que incorpora títulos a su filmografía y con el talento que tiene no debería tardar.
PARA: espectadores acomodados a fórmulas de contrastada rentabilidad
ABSTENERSE: pacientes en la sala de espera del resurgimiento de este director
Steven Soderbergh es, por encima de cualquier valoración sobre su trabajo, un privilegiado. Rodar más de un largometraje de media desde hace casi 30 años, a la edad de 50, es algo de lo que muy pocos pueden presumir. Pero uno de los retos de tan prolífica actividad es la de mantener el prestigioso sello de autor. Y, sin duda, es merecido que él mantenga ese status cuando ha firmado el guión de 10 de esas obras, pero por los méritos de las últimas la cosa ya cambiaría. Más allá de la peli de culto que le lanzó a la fama, Sexo mentiras y cintas de video (1989), no se reconoce en el resto de sus guiones ningún éxito planetario, ni de público ni de crítica. El cambio de siglo le favoreció en el rol de realizador, con éxitos de crítica y público, como Erin Brockovich (2000) o Traffic (2000), y también con la comercial saga de Ocean's eleven (2001). Sin embargo, los últimos años confirman que se está especializando en vivir del pasado.
La peli de hoy es un buen ejemplo de su evolución. Por un lado, me llama mucho la atención la manera en que combina los ingredientes como realizador para cocinar un plato que lleva su sello. Sus películas acostumbran a caracterizarse por el ritmo. O, mejor aun, por el paso que llevan, dado que la palabra ritmo sugiere un tempo que llevaría a error.
Su estilo narrativo es especial. Amasa a los personajes. Bordea, precisamente, la falta de ritmo pero consigue salirse airoso siempre sobre la campana a medida que avanza el film. Para ello, en esta ocasión, abusa quizás un pelo de los acordes musicales como subrayadores de la acción (o la falta de la misma).
Se puede decir que es un buen constructor de atmósferas. En esta ocasión vuelve a manejar un tema controvertido como el de los fármacos y su modo de comercialización, como ya hizo antes con asuntos como las drogas, las pandemias o los abusos de las multinacionales.
Pero mencionaba lo de su evolución porque, más allá de la forma, sigue faltando algo más propio del fondo: el guión o el equilibrio de una historia. Soderbergh repite con el guionista con el que ya firmó Contagio (2011). Su primer y segundo acto mantienen (a su estilo) el crescendo que podamos pedirle a este tipo de thrillers.
En cuanto a las interpretaciones, destaca Rooney Mara en el papel de la atormentada Emily. Sin embargo, los más conocidos, Jude Law y Catherine Zeta-Jones, pasan más sin pena ni gloria. No tengo nada en contra del actor británico, pero creo sinceramente que le funcionan muchísimo mejor los papeles más enigmáticos y sutiles.
Donde el film pierde la oportunidad de ser notable es en su tercer acto. Esa atmósfera de la que hablaba, con el oscuro mundo de la introducción de determinados fármacos en el mercado, acaba sucumbiendo ante el tópico desenlace de buenos y malos que hemos visto en innumerables ocasiones. Una lástima. Esperemos que pronto recupere su senda. A ese ritmo al que incorpora títulos a su filmografía y con el talento que tiene no debería tardar.
PARA: espectadores acomodados a fórmulas de contrastada rentabilidad
ABSTENERSE: pacientes en la sala de espera del resurgimiento de este director
lunes, 26 de marzo de 2012
La invención de Hugo
Cartelera:
La invención de Hugo (2011), Martin Scorsese
Esta película es un gran ejemplo de lo que está ocurriendo con el cine desde hace ya tiempo. Y no deja de ser paradógico que se centre en la figura de uno de los primeros grandes creadores de sueños gracias al cine.
Me refiero al imparable avance que la técnica digital ha supuesto para disfrutar de la imagen. De exquisitas imágenes. Un deleite para nuestros ojos en manos expertas como las de Mr.Scorsese. Pero el problema es que las historias no avanzan a la misma velocidad.
El film habla del origen del cine como instrumento para conmovernos. Sin duda, el cine que más nos marca es el que nos emociona. Ahí cada uno pone su listón, pero en este caso está colocado a un nivel obviamente infantil, fruto de la adaptación del texto original. Lo que acaba dando a la peli un aire, por momentos, demasiado cursi.
Esta bien el homenaje a Melies, sin duda. Es un placer descubrir algo más de su mundo y uno no puede más que quitarse el sombrero ante uno de esos hombres que contribuyó incuestionablemente a hacer avanzar a la humanidad, convirtiendo un curioso invento francés en un instrumento para hacer volar nuestros sueños.
Pero lo que se echa en falta es que todo ese torrente de medios puedan ensamblarse más a menudo con historias algo más trascendentales. No digo que ésta lo tuviese que ser, sino que, como subrayaba, la tendencia parece ser dedicar todo el esfuerzo del mundo a la producción y menos a la creación. Curiosamente, para lo arbitrarios que suelen ser, los últimos Oscars la premiaron en 5 categorías de carácter exclusivamente técnico.
Con todo ello, algunas escenas son realmente deslumbrantes. Para muestra el maravilloso travelling inicial que nos acompaña hasta el corazón de esa estación de un mágico París.
PARA: nostálgicos algo ñoños pudiendo ir acompañados de los jovencitos de la casa
ABSTENERSE: saturados de cine en 3D
La invención de Hugo (2011), Martin Scorsese
Esta película es un gran ejemplo de lo que está ocurriendo con el cine desde hace ya tiempo. Y no deja de ser paradógico que se centre en la figura de uno de los primeros grandes creadores de sueños gracias al cine.
Me refiero al imparable avance que la técnica digital ha supuesto para disfrutar de la imagen. De exquisitas imágenes. Un deleite para nuestros ojos en manos expertas como las de Mr.Scorsese. Pero el problema es que las historias no avanzan a la misma velocidad.
El film habla del origen del cine como instrumento para conmovernos. Sin duda, el cine que más nos marca es el que nos emociona. Ahí cada uno pone su listón, pero en este caso está colocado a un nivel obviamente infantil, fruto de la adaptación del texto original. Lo que acaba dando a la peli un aire, por momentos, demasiado cursi.
Esta bien el homenaje a Melies, sin duda. Es un placer descubrir algo más de su mundo y uno no puede más que quitarse el sombrero ante uno de esos hombres que contribuyó incuestionablemente a hacer avanzar a la humanidad, convirtiendo un curioso invento francés en un instrumento para hacer volar nuestros sueños.
Pero lo que se echa en falta es que todo ese torrente de medios puedan ensamblarse más a menudo con historias algo más trascendentales. No digo que ésta lo tuviese que ser, sino que, como subrayaba, la tendencia parece ser dedicar todo el esfuerzo del mundo a la producción y menos a la creación. Curiosamente, para lo arbitrarios que suelen ser, los últimos Oscars la premiaron en 5 categorías de carácter exclusivamente técnico.
Con todo ello, algunas escenas son realmente deslumbrantes. Para muestra el maravilloso travelling inicial que nos acompaña hasta el corazón de esa estación de un mágico París.
PARA: nostálgicos algo ñoños pudiendo ir acompañados de los jovencitos de la casa
ABSTENERSE: saturados de cine en 3D
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